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El autor en Bocas del Toro

El Caribe en Panamá conserva en su trayectoria cultural una de sus expresiones más persistentes: aquella que ha narrado la vida cotidiana desde la voz popular, el ritmo compartido y el transcurrir grupal. En ese territorio de resonancias comunitarias, la palabra dicha y el canto dialogan como formas de permanencia que atraviesan generaciones y ámbitos.

Por: Mario García Hudson

El autor es investigador, encargado del Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R.

Hay regiones donde la sonoridad no solo se escucha: permanece. Se inscribe en la impronta a modo de discurso, como una manera de nombrar lo que una comunidad ha sido. Esa herencia tiene en el ritmo del calypso una de sus expresiones más persistentes, que no pertenece únicamente al pasado, sino que sigue respirando en la identidad de la costa atlántica panameña.

Los días 22 y 23 de mayo del presente año, en el marco previo a la conmemoración del centenario del nacimiento del cantautor bocatoreño Lord Cobra, tuve la oportunidad de dictar tres conferencias en la provincia de Bocas del Toro, dedicadas a la exploración de este universo sonoro.

Más que exposiciones académicas, estos ciclos se convirtieron en ejercicios de evocación: intentos por rescatar y devolver a la conversación pública una tradición que ha modelado sensibilidades, pertenencias y formas de estar en el horizonte. Las jornadas no se concibieron únicamente como entornos de divulgación: representaron una vía para activar el patrimonio inmaterial en tiempo presente, allí donde el archivo se cruza con la voz viva de los pueblos que la preservan.

Ivania Campbell, Mario García Hudson y Tamara Dumas

Una de las sesiones se abrió al recorrido de distintos intérpretes representativos de este género en diversas etapas de su evolución. Las otras dos se detuvieron en la figura de Lord Cobra, no solo como cantante, sino como una presencia decisiva en la historia de esta expresión musical.

Su obra fue abordada desde una perspectiva biográfica, pero también desde aquello que la trasciende: el contexto histórico en el que se asienta, sus resonancias culturales y la huella estética dejada en generaciones posteriores de músicos. En ese sentido, su figura aparece menos como el cierre de una trayectoria individual y más como un eje de continuidad dentro de un linaje sonoro de raíces antillanas.

Estas actividades se desplegaron en tres localidadesde la provincia, como si el paisaje mismo participara del relato. Isla Colón, Changuinola y Almirante se tornaron en puntos de convergencia donde este repertorio afroantillano dejó de ser repositorio para volver a un acontecimiento compartido.

En cada lugar, la disposición del público confirmó que este acervo no pertenece a una sola generación, sino que circula entre edades, miradas y aproximaciones distintas de escucha. La diversidad de asistentes permitió advertir que no se trata únicamente de un objeto de estudio, sino de una práctica latente que sigue generando identificación y diálogo intergeneracional.

La gestión de Ivania Campbell hizo posible el desarrollo de estos momentos de intercambio, cuidando cada detalle logístico como quien organiza no solo eventos, sino también las condiciones para que el testimonio pueda sostenerse. Su labor permitió que cada espacio conservara una atmósfera de cercanía, donde la distancia entre lo académico y lo diario se volviera casi imperceptible.

A este esfuerzo se sumó el apoyo generoso de las instancias que acogieron los encuentros, cuyos anfitriones hicieron posible que cada reunión adquiriera una dimensión profundamente humana y cercana. En Isla Colón, el restaurante Buena Vista, bajo la hospitalidad de Kelly Berube y Juan Pablo Caro; en Changuinola, El Buen Café, con la disposición de Wendolyne Beitia y en Almirante, La Pampa, gracias a Lorenzo Forbes, se ofrecieron no solo lugares, sino ambientes que contribuyeron a la calidez y fluidez de cada interacción.

En estos escenarios, el calypso volvió a resonar no solo como objeto de estudio, sino como realidad conjunta, sostenida por la hospitalidad y la apertura de quienes entienden que el tejido social también se construye desde la mesa, la convivencia y la palabra.

Juan Pablo Caro, Mario García Hudson, e Ivania Campbell

De igual manera, este proceso contó con el respaldo de diversas personas cuyo aporte profundizó el sentido de los conversatorios. Entre ellas, Ricardo Cerrud, conocedor de la mentalidad de la gente bocatoreña; Marlenis Santamaría, administradora regional de la Autoridad de Turismo de Bocas del Toro, de mirada serena; Evelina Cortez, siempre atenta, de una fina observación; Daniel Padilla, de espíritu bonachón, con una voluntad inquebrantable y Tamara Duncan, cuyo acompañamiento cercano y genuino disfrute del corpus musical —ese que me atrapa—, aportó una dimensión humana esencial a estas actividades.

Entre las décadas de 1950 y 1970, este género alcanzó un notable arraigo en la vida comunitaria del país. No fue únicamente un estilo: se trató de un lenguaje relacional, una lógica de articular lo habitual, de traducir la cotidianidad en ritmo, ironía y remembranza. En ese período, esta expresión se consolidó como un medio de representar lo temporal. Sus letras funcionaban como crónica popular, registrando personajes del imaginario colectivo, retratos de barrios, el doble sentido, lo amoroso, el tema patriótico, celebraciones y tensiones sociales que integran parte del devenir.

Estos foros no buscaron cerrar una historia, sino abrirla nuevamente. Recordar que la música, cuando es verdadera transmisión patrimonial, no se inmoviliza:circula, es discutida y reinterpretada. Y en ese movimiento constante, sigue construyendo esfera común.En definitiva, lo que se evidenció es que la memoria auditiva no es un objeto fijo, sino un trazo de existencia que se reactiva cada vez que alguien vuelve a escuchar o narrar estas canciones.

Así, esta manifestación no aparece únicamente como una creación del pasado, sino como una continuidad simbólica que sigue habitando el mundo vivido, incluso en sus silencios.

Finalmente, estas experiencias confirman que el calypso no es solo un legado sonoro, sino una encarnación:un pulso que atraviesa el tiempo y se renueva en la escucha, en la discusión y en los actores locales que lo asumen como propio.

Por: Mario García Hudson