Hay espacios que permanecen en la imaginación mucho después de haber dejado de ser centros habitados. Su esencia no depende únicamente de los vestigios aún en pie, sino de la emoción que despierta su contemplación. En ellos, el paso de las épocas parece detenerse y abrir un instante para la contemplación, donde paisaje, silencio y sentimiento se entrelazan. Acercarse a estos escenarios es también entrar en una experiencia íntima, capaz de revelar la vida que aún late cuando todo lo demás parece haberse ido.
Evocación a propósito de la fundación de la ciudad de Panamá, Panamá Viejo, un día como hoy pero de 1519, hace 507 años.
Por: Mario García Hudson

El autor es investigador, encargado del Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R.
El pasado que renace
Hay lugares que no mueren. No dependen de la solidez de sus muros, sino de lo que guardan sus cimientos y de las huellas que los años no han podido borrar. Así ocurre con Panamá Viejo, ese corazón antiguo, desbordado de historia y envuelto en la brisa. En el poema de Ricardo Fábrega, este sitio no aparece como un simple testimonio del pasado, sino como una voz viva: murmura, convoca y continúa amando.
“He vivido gozando / el recuerdo lejano / de tus piedras vetustas / que hablan de heroicidad.”
Desde los primeros versos, el poeta confiesa que no hay olvido, sino gozo en el recuerdo. Sus fragmentos no yacen mudos: hablan. Dicen cuanto trae el viento y lo callado por los tiempos. Son testigos inmóviles de un ayer. El gozo aquí no es celebración: es vínculo. Lo experimentado sigue siendo compañía.
“Oh mis muros queridos / por los siglos guardados / de tu lujo pasado / solo queda el dolor.”
No hay lamento decorativo.Persiste un dolor sereno, digno, capaz de reconocer la pérdida sin caer en la resignación. El lujo se ha ido, sí, pero la presencia perdura como una llama baja que no se apaga. Fábrega no embellece la desolación: la honra.
“Panamá Viejo, ciudad destruida / por crueles piratas que un día soñaron con tus tesoros…”
Aquí, el legado asoma. Pero el poema no se detiene en una reconstrucción cronológica de los acontecimientos. Menciona la destrucción no para recrear la violencia, sino para afirmar la resistencia de aquello que quedó. Lo esencial no es la caída, sino la permanencia de sus restos, todavía en pie, como huellas vivas de lo sucedido.
Donde la patria se refleja en el mar

“Tu mar tranquilo parece un espejo / en donde se mira / tu cielo bello que tanto adoro.”
En estos versos, el paisaje no es fondo: es reflejo del alma. El mar es espejo y el cielo, confesión. Aquel espacio no se ha ido: pervive en una naturaleza que lo recuerda a diario, lo abraza y devuelve su imagen. Lo destruido continúa viviendo en todo cuanto lo rodea.
“Panamá Viejo, tus ruinas sagradas / en noches calladas / murmuran frases como plegarias…”
Entonces ocurre lo más hondo del poema: las ruinas rezan. No con lenguaje humano, sino con susurros que se confunden con el viento. En las noches, cuando todo calla, los vestigios recuerdan lo que nadie más dice. El lugar se vuelve templo, y sus voces, oraciones.
“…me trae la brisa suspiros leves / llenos de amor.”
El poema cierra como quien no quiere despertar. La brisa trae suspiros, no gritos. No hay épica estridente: hay ternura. Y esa emoción se siente como un eco íntimo que se resiste a desaparecer.
Las señales que nos enseñan a recordar

En Panamá Viejo, la memoria no se impone: se ofrece con humildad. Las marcas del tiempo no piden nada: simplemente están. Y al estar, recuerdan. Enseñan que la patria también habita en los escombros amados, en aquello que sobrevivió y aún sabe decir: “aquí fuimos, seguimos”.
Ricardo Fábrega no escribe desde la nostalgia vacía, sino desde la fidelidad. En su poema, la herencia no se lamenta: se guarda como un tesoro secreto. No hay necesidad de reconstruir lo perdido para que siga siendo nuestro. Lo más profundo ya vive en la brisa y la arena.
No es solo una ciudad dormida: es una patria dormida que aún respira, un canto antiguo que no deja de cantar.

Por: Mario García Hudson

