Una presencia singular de las letras panameñas, situada entre las inquietudes de su generación y los cambios de su entorno
Por: Mario García Hudson

El autor es investigador, encargado del Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R.
Prólogo · Un nacimiento entre memoria y búsqueda
Roberto Fernández Iglesias nació el 27 de agosto de 1941 en Panamá, en un espacio donde la identidad cultural se encontraba en constante redefinición, entre la herencia recibida y la necesidad de encontrar una voz propia.
Su aparición dentro del panorama de las letras no fue únicamente la de un poeta, ensayista o narrador. Perteneció a esa clase de figuras cuya presencia supera la producción escrita, porque convierten la creación en una manera de intervenir en el mundo.
En su trayectoria, la escritura no aparece como un objeto separado de la realidad, sino como un ámbito donde el recuerdo, el pensamiento y la experiencia humana pueden encontrarse.
Desde temprano, su vocación quedó ligada a una búsqueda que no aceptaba la belleza de la forma como simple decoración. Para él, escribir significaba revelar aquello que permanece oculto detrás de la costumbre, del devenir y del olvido.
La expresión no era un instrumento para describir el mundo desde afuera. Era un modo de entrar en él.
Horizontes en construcción

Su desarrollo intelectual se construyó entre Panamá y México, dos territorios que terminaron formando una misma geografía interior.
Su formación en Filosofía y Letras en la Universidad de Panamá y sus estudios posteriores ampliaron su comprensión del lenguaje como un diálogo entre pensamiento, historia y sensibilidad.
Pero su verdadera maduración intelectual también ocurrió fuera de las aulas: en revistas, talleres, encuentros y conversaciones donde la práctica creativa dejaba de ser una disciplina aislada para pasar a ser una experiencia compartida.
En ese recorrido apareció una constante: una cultura no se sostiene únicamente por las creaciones que produce, sino por los espacios donde esas expresiones pueden encontrarse con otros.
Por eso su trabajo como autor estuvo acompañado de una necesidad de construir comunidad.
La revista, el taller y el aula no fueron para él simples medios de difusión. Funcionaron como lugares donde las ideas podían continuar su movimiento después de abandonar la página.
La palabra frente al tiempo
La labor literaria nunca funciona como una superficie inmóvil. Sus textos parecen surgir de una tensión permanente entre aquello que permanece y aquello que desaparece.
En La condición del poema, una de sus formulaciones más reveladoras, señala que el verso y la existencia comparten una misma tensión: la conciencia del paso, la transformación y la desaparición:
“como la nuestra es la mortalidad
el olvido
la transformación
el paso rápido”
La escritura poética no aparece como un objeto separado de la fragilidad. También cambia, evoluciona y está expuesta al desgaste.
La pregunta profunda no es cómo alcanzar una permanencia absoluta, sino qué significa crear dentro de una realidad donde todo está en movimiento.
Cuando escribe:
“si no se /nos gastara /mos
qué pasaría”
Expone una paradoja esencial: aquello que nos limita también es aquello que nos vuelve conscientes. La última pregunta: “¿qué significa para nosotros el verso siempre?” queda suspendida.
Y precisamente ahí reside una parte de su fuerza. Su concepción de la expresión poética parte de una premisa distinta: no permanece porque pueda vencer el devenir, sino porque puede dar sentido a aquello que se pierde. La creación no elimina la ausencia. Deja una huella.
La vida como afirmación
Si en La condición del poema aparece la conciencia del desgaste, en No sé por qué surge una respuesta más directa: la defensa de lo vivido.
La voz poética afirma:
“nunca me ha dado
que pensar la muerte”
No porque la muerte sea ignorada, sino porque el poeta decide desplazar el centro de atención hacia la experiencia de estar vivo. La provocación continúa:
“Para mí es como dios:
no existe”
La frase no funciona como simple negación. Es un gesto característico de Fernández Iglesias: tomar una afirmación absoluta y ponerla en tensión. El cierre revela una de sus posiciones más profundas:
“yo soy la vida
con todas sus incomodidades”
Aquí aparece una filosofía completa. El hecho de existir no es presentado como algo perfecto ni ordenado. Está lleno de problemas, contradicciones y límites. Pero esas dificultades no reducen su valor. La condición humana no necesita ser ideal para ser intensa.
La noche como territorio de búsqueda
Otra faceta de su producción lírica aparece en la capacidad de hacer de escenas simples espacios simbólicos. En Textos iniciales, la llegada del día se presenta como una experiencia interior:
“En la noche de la Ostra
el aire no durmió”
La noche no aparece como ausencia. Tiene movimiento propio. Después aparece el sol:
“Padre sol
cabeza de alcornoque”
La imagen rompe cualquier solemnidad. Lo cósmico adquiere un tono cercano, casi doméstico.
El poeta acerca lo elevado y lo cotidiano, como si la expresión lírica pudiera surgir tanto de una gran reflexión como de una conversación con aquello que nos rodea. Cuando escribe:
“Te invitaré
de mi coctel de sueños,
todos los que no dormí”
Presenta la vigilia como una experiencia de búsqueda. La noche perdida adquiere valor como materia poética. El verso:
“Caminé los pasos
de la noche
para encontrarte”
Resume una búsqueda esencial: escribir es atravesar la incertidumbre hasta encontrar una forma de claridad. La luz no elimina la oscuridad. Nace después de haber pasado por ella.
El escritor como generador de espacios
Su aporte no se limita a los libros que escribió. Una parte esencial de su legado se encuentra en los espacios culturales que ayudó a construir. Como fundador de la revista TunAstral y participante de distintos proyectos literarios, entendió que la literatura necesita lugares donde pueda crecer.
La actividad literaria no pertenece únicamente al autor que la produce. También pertenece a quienes la leen, la discuten y la reinterpretan. Su visión del creador era más amplia que la del individuo dedicado exclusivamente a sus propios textos.
El literato también podía ser alguien que abriera caminos para otros. En ese sentido, enseñar, editar y acompañar nuevas voces eran extensiones del mismo impulso creativo.
La ironía como libertad
Una parte fundamental de su obra aparece en su manera de abordar las certezas. Desconfiaba de las verdades cerradas y de los pensamientos convertidos en dogmas. En Comunismo utiliza una imagen doméstica para condensar una lectura crítica:
“Marx puso un huevito
Engels prendió la estufa
Lenin lo cocinó
Trotsky le puso sal
y Stalin se lo comió”
La fuerza de la composición está en el contraste. Una historia cargada de grandes conceptos queda reducida a una pequeña escena cotidiana. El humor no reduce la complejidad. La revela desde otro ángulo. La misma operación aparece en Maniqueísmo:
“Lo malo no es Cristo
sino los cristianos”
y continúa:
“lo malo no es Nietzsche
sino los nietzscheanos”
“lo malo no es Marx
sino los marxistas”
La obra plantea la distancia entre una propuesta original y las formas humanas que la representan. El problema no está solamente en los principios, sino en aquello que ocurre cuando dejan de ser preguntas y pasan a ser identidades cerradas. Su ironía funciona como una forma de libertad intelectual. No destruye el pensamiento. Lo mantiene abierto.
Cierre · La permanencia de una voz

Roberto Fernández Iglesias falleció el 23 de abril de 2019 en el Estado de México, pero su desaparición no significó la interrupción de aquello que había construido.
Lo que permanece no es únicamente una colección de libros, sino una concepción de la cultura como espacio vivo. Su poesía recuerda que toda palabra nace dentro de una época y que toda manifestación artística está marcada por la temporalidad.
Pero también demuestra que precisamente esta dimensión es la que permite que lo creado siga respirando.
Hay autores que buscan construir monumentos contra el olvido. Otros comprenden que la verdadera permanencia nace de aceptar el movimiento. Fernández Iglesias pertenece a esos últimos. Porque para él escribir no era escapar de la existencia. Era entrar más profundamente en ella. Era crear un lugar donde la memoria pudiera seguir respirando.
Por: Mario García Hudson

