El círculo que Panamá no ha sabido romper

agosto 6, 2026
Imagen Magnific

…cuando enfermeras, médicos, técnicos y otros trabajadores sanitarios tienen que salir a la calle para reclamar nombramientos, reclasificación salarial, retiro digno y cumplimiento de compromisos establecidos, el problema ya no es solo laboral

Por: Dr. Jano Jaramillo

El autor es médico pediatra y neonatólogo. Posgrado en Trastornos de Aprendizaje

La salud de Panamá merece respuestas.

No discursos.

No promesas repetidas.

No aplausos de ocasión.

Respuestas.

Escribí en julio, más de una vez, que *una cama sin enfermera es una cama vacía.* 

También escribí que el Estado no puede ser, al mismo tiempo, quien exige el título y quien cierra la puerta del ejercicio profesional.

Eran ideas.

Pero esta semana esas ideas bajaron a la calle, vestidas de blanco, caminaron por Calidonia y llegaron hasta la Plaza 5 de Mayo.

En las pancartas había una frase que resume años de política sanitaria fallida: manos capacitadas, plazas congeladas.

Y en otra imagen, más directa todavía, se leía: basta de promesas incumplidas al personal de salud.

No es una consigna más.

Es un diagnóstico.

Porque cuando enfermeras, médicos, técnicos y otros trabajadores sanitarios tienen que salir a la calle para reclamar nombramientos, reclasificación salarial, retiro digno y cumplimiento de compromisos establecidos, el problema ya no es solo laboral.

Es sanitario.

Es institucional.

Es moral.

Un país no puede pedir vocación infinita mientras administra la escasez como si fuera destino.

La paradoja es dolorosa.

Por un lado, hospitales donde dos enfermeras y un técnico pueden terminar atendiendo cuarenta o cincuenta pacientes, una carga que la evidencia internacional asocia con más riesgo, más agotamiento y peores desenlaces. 

Por el otro, profesionales formados, con título en la mano, esperando una plaza en la acera.

Detengámonos en lo absurdo:

El país tiene salas vacías de personal y calles llenas de personal.

No falta la enfermera.

Falta la decisión de emplearla.

Y aquí conviene aclarar algo para que nadie desvíe la discusión.

Decir que una cama sin enfermera es una cama vacía no significa negar al médico, al técnico, al laboratorio, a la farmacia, al aseo, al mantenimiento o al presupuesto.

Significa reconocer que la enfermería es el punto donde la cama deja de ser inventario y se convierte en vigilancia continua.

Una cama no es un mueble con oxígeno.

Una cama real es una capacidad de atención.

Y esa capacidad necesita equipo humano completo, insumos, farmacia, laboratorio, presupuesto, mantenimiento, dirección clínica y turnos cubiertos.

Pero en la vida diaria del hospital, la enfermera es muchas veces quien sostiene la *continuidad* entre una indicación médica y la vida concreta del paciente.

Es quien ve primero el deterioro silencioso.

Quien escucha la alarma.

Quien nota que algo no está bien antes de que sea irreversible.

Por eso una cama sin enfermera no es una cama disponible.

Es una cama vacía.

Pero el problema es aún más profundo.

Para obtener la idoneidad, la enfermera panameña necesita cumplir requisitos que dependen del propio Estado, incluyendo plazas de internado o práctica en instalaciones de salud.

Si el Estado exige el requisito, pero no abre la plaza, la egresada universitaria queda atrapada en un limbo absurdo: formada, titulada y legalmente impedida de ejercer aquello para lo que estudió.

Eso no es simple desempleo.

Es una puerta cerrada desde adentro.

Es el Estado convertido en obstáculo.

Y esto no ocurrió ayer.

La enfermería panameña nació ligada a la construcción sanitaria del país, desde los años del Canal y las primeras escuelas.

Panamá formó una profesión propia, nacional, sostenida por manos panameñas.

Además, el sistema tiene una particularidad: el país no puede resolver fácilmente su déficit importando enfermeras.

Tiene que formarlas, emplearlas y retenerlas.

Ya una vez rompimos ese equilibrio.

A finales de los ochenta y durante los noventa, muchas enfermeras formadas en Panamá terminaron buscando afuera el empleo que el país no les ofrecía.

La válvula de escape era la emigración.

El país exportaba su desperdicio y así disimulaba la falta de planificación.

Hoy esa válvula está más cerrada.

La presión ya no se descarga hacia afuera: se acumula adentro.

Antes salía como éxodo silencioso; ahora sale como marcha por Calidonia.

Y mientras tanto, los números del INEC hablan con una frialdad que debería avergonzarnos: entre 2020 y 2022, las enfermeras registradas pasaron de 7,240 a 7,238.

Dos menos en dos años.

Ni siquiera hubo crecimiento mientras se anunciaban hospitales, se hablaba de integración MINSA–CSS y la población envejecía. 

Eso no es expansión del sistema.

Es poner más camas sobre el mismo personal.

Es pedirle al mismo cuerpo cansado que sostenga un edificio más, un turno más, una sala más, una promesa más.

Señor Presidente, aquí la integración MINSA–CSS tiene una responsabilidad histórica.

Integrar no puede significar sumar logos, repartir edificios o administrar la misma escasez con otro nombre.

Integrar debe significar una sola planificación nacional del recurso humano: cuántas enfermeras se necesitan por turno, cuántas están activas, cuántas se jubilarán, cuántas están formándose, cuántas esperan idoneidad, cuántas plazas deben abrirse y cuánto cuesta sostenerlas con dignidad.

Sin ese censo real, toda promesa camina a ciegas.

El país no necesita otra ceremonia para inaugurar muebles.

Necesita abrir servicios seguros.

Por eso hay que romper el círculo.

Primero: una sola planificación nacional del recurso humano entre MINSA y CSS, con números verificables y depuración del padrón para saber cuántas enfermeras registradas siguen realmente activas.

Segundo: ningún hospital debería licitarse, refrendarse ni inaugurarse sin un plan público de personal adjunto.

La cama que no puede abrirse con seguridad no es una cama: es una promesa.

Tercero: hay que desactivar la trampa de la idoneidad.

Si el Estado exige internado o práctica para ejercer, el Estado debe garantizar esas plazas como parte del ciclo formación–absorción, de forma transparente y ordenada.

No se puede exigir un requisito y luego secuestrar la puerta de entrada.

Cuarto: convertir en plazas permanentes lo que ya se paga como turnos extraordinarios. Ese dinero ya sale del presupuesto todos los meses.

Formalizarlo protege al personal agotado que está dentro y abre la puerta al personal formado que está fuera.

Quinto: dirigir esa absorción hacia donde más falta hace: atención primaria, hospitales del interior, áreas críticas y territorios históricamente rezagados.

Si Panamá quiere producir salud y no solo atender enfermedad, necesita enfermeras en la comunidad, en la sala, en la comarca, en la noche y en el primer contacto con la familia.

Y sexto: retener con dignidad.

Pagar a tiempo. 

Respetar escalafones. 

Cumplir compromisos.

Ofrecer carrera. 

Abrir un retiro digno.

Cerrar la puerta a la emigración que ya nos vació una vez.

Un país que forma sanadores para dejarlos en la calle no ahorra: desperdicia el activo más caro y más lento de reponer que tiene un sistema de salud.

Las enfermeras no están pidiendo privilegios.

Están señalando una fractura.

Y cuando quienes cuidan tienen que gritar para ser escuchados, el sistema ya está enfermo.

Panamá debe decidir si seguirá administrando la frustración o si, por fin, construirá el puente entre formar, emplear y retener.

Porque un puente que nunca se construye no se cae: simplemente impide pasar a toda una generación.

En los ochenta exportamos el problema y creímos resolverlo.

No lo resolvimos.

Lo aplazamos.

Hoy la deuda venció y ya no hay a dónde mandarla.

La presión seguirá saliendo por donde pueda: salas sobrecargadas, personal extenuado, pacientes esperando y profesionales formados marchando bajo el sol por una plaza que el Estado les prometió y nunca abrió.

Una cama se compra.

Una enfermera se forma.

Un hospital se inaugura.

Pero un sistema de salud se construye con planificación, presupuesto, respeto y trabajo decente.

La salud de Panamá merece respuestas.

Y el personal que la sostiene merece algo más que aplausos: merece condiciones reales para cuidar.

Porque una cama sin enfermera es una cama vacía.

Y un país que congela las manos capacitadas que necesita está dejando vacía una parte de su propio futuro.

Por: Dr. Jano Jaramillo