Ante la creciente preocupación por las resistencias a los antibióticos, la vacunación se convierte en una herramienta fundamental para reducir el uso de este tipo de medicamentos y preservar su eficacia frente a las infecciones bacterianas
Con información de la Asociación Española de Vacunología
Conservar la eficacia de los antibióticos es uno de los principales retos de la salud pública hoy en día. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la resistencia a los antimicrobianos estuvo asociada, en 2021, a más de 4,7 millones de muertes en el mundo.
Frente a este desafío, la vacunación se convierte en una herramienta muy importante. Y es que, el papel de las vacunas va mucho más allá de prevenir infecciones concretas.
Reducir la necesidad de utilizar antibióticos, disminuir el riesgo de determinadas complicaciones cardiovasculares, evitar neumonías, infartos, ictus, ingresos hospitalarios o pérdidas de autonomía y conocer mejor cómo algunas vacunas pueden modificar la respuesta del sistema inmunitario son algunos de los beneficios y líneas de investigación que los expertos están abordando estos días en el XIII Congreso de la Asociación Española de Vacunología, que reúne en Vigo (Galicia, norte de España) a más de medio millar profesionales.
Uno de esos beneficios tiene que ver precisamente con la lucha frente a las resistencias antimicrobianas. Las vacunas —especialmente las dirigidas a enfermedades respiratorias— pueden contribuir a reducir la necesidad de utilizar antibióticos y, con ello, ayudar a preservar su eficacia.
Ángel Gil de Miguel, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Rey Juan Carlos, compara los antibióticos con «un tesoro» que es necesario preservar. «Al reducir la carga de enfermedad por gripe, COVID-19, VRS o neumonía neumocócica hacemos que el uso de antibióticos también disminuya», señala.
Distintos estudios han observado que el consumo de antibióticos aumenta durante los picos de gripe y de otros virus respiratorios.
Iván Sanz Muñoz, responsable científico y de vigilancia virológica nacional del Centro Nacional de Gripe de Valladolid, explica esta relación. Una de las razones es que, en la práctica clínica, no siempre se dispone de una prueba microbiológica que permita confirmar si una infección respiratoria es vírica o bacteriana.
“Las vacunas nos pueden ayudar porque reducen las complicaciones relacionadas con las bacterias. Esto evita que tengamos que acudir al centro sanitario con una sintomatología más grave y terminemos recibiendo un antibiótico que probablemente no necesitemos”, añade.
El consumo de antibióticos en España bajó un 5,1% en 2025 y se situó por debajo de los niveles previos a la pandemia, de acuerdo con el Plan Nacional frente a la Resistencia a los Antibióticos (PRAN).
Sin embargo, con 22,94 dosis diarias definidas por cada 1.000 habitantes y día, España se encuentra por encima del objetivo europeo de 18,20 dosis para 2023, por lo que todavía queda trabajo por hacer. Para seguir avanzando, los expertos apuntan a la necesidad de combinar una mejor vigilancia epidemiológica con herramientas de diagnóstico microbiológico que permitan distinguir con mayor precisión las infecciones víricas de las bacterianas y ajustar así la prescripción.
Por otro lado, subrayan el papel de Atención Primaria, enfermería y farmacia comunitaria, tanto en el uso racional de los antibióticos como en la recomendación de la vacunación.
Pero ayudar a preservar la eficacia de los antibióticos es solo uno de los beneficios adicionales de la vacunación: al prevenir infecciones como la gripe o la COVID-19, la vacunación puede reducir también el riesgo de complicaciones que afectan a otros órganos y sistemas. Uno de los ejemplos mejor estudiados es su efecto sobre la salud cardiovascular.
Pilar Arrazola Martínez, del Servicio de Medicina Preventiva del Hospital Universitario 12 de Octubre de Madrid, recuerda que la gripe o la COVID-19 pueden desencadenar una respuesta inflamatoria capaz de favorecer la formación de coágulos y aumentar el esfuerzo del corazón.
De hecho, la gripe puede multiplicar entre 6 y 10 veces el riesgo de sufrir un evento coronario agudo durante los siete días posteriores a la infección y entre 3 y 8 veces el riesgo de eventos isquémicos cerebrales, especialmente en personas mayores o pacientes con enfermedades previas.
Frente a este riesgo, la vacunación constituye una capa adicional de protección. Según Arrazola, distintos estudios estiman que la vacuna antigripal puede reducir entre un 15% y un 45% el riesgo de eventos cardiovasculares graves.
Por ello, la especialista considera necesario integrar la vacunación en la atención cardiovascular. “Las consultas de cardiología, los ingresos hospitalarios, las unidades coronarias y los programas de rehabilitación cardiaca representan oportunidades clave para revisar el calendario vacunal, recomendar las vacunas indicadas y facilitar su administración”, sostiene.
Para Federico Martinón-Torres, catedrático de Pediatría de la Universidad de Santiago y jefe de Servicio del Hospital Clínico Universitario de Santiago, estos hallazgos obligan a ampliar la forma en que se mide el impacto de la vacunación.
“Quizá durante mucho tiempo hemos evaluado las vacunas con una mirada demasiado estrecha, contando únicamente infecciones confirmadas, sin medir suficientemente todo lo que ocurre durante y después de ellas”, señala. Prevenir una infección puede significar también evitar una neumonía, un infarto, un ictus, una descompensación cardiaca, un ingreso hospitalario o una pérdida de autonomía.
Esta visión enlaza con el concepto de ‘inmunofitness’, que plantea el papel de la vacunación como una herramienta para contribuir a mantener “en forma” el sistema inmunitario y preservar la salud a medida que las personas envejecen, incluyendo las vacunas como parte de un estilo de vida saludable.
Educar a las defensas para que respondan mejor

El Congreso aborda, además, una de las áreas de investigación que más interés está generando en los últimos tiempos: la llamada inmunidad entrenada. Hoy se sabe que determinados estímulos, entre ellos algunas vacunas, pueden producir cambios duraderos en células de la inmunidad innata —la primera línea de defensa del organismo— y modificar su respuesta posterior ante nuevos estímulos.
“Más que subir nuestras defensas, la vacunación nos permite educarlas y prepararlas para responder mejor”, explica Mara Garcés Sánchez, subdirectora general de Prevención y Promoción de la Salud de la Dirección General de Salud Pública de la Comunidad Valenciana.
La experta pide, no obstante, prudencia. La inmunidad entrenada no significa que todas las vacunas protejan frente a cualquier infección, ni justifica utilizarlas fuera de sus indicaciones. Aunque este fenómeno está bien estudiado con algunas vacunas, todavía es necesario determinar “qué vacunas producen estos efectos, con qué intensidad, en qué personas, durante cuánto tiempo y, sobre todo, en qué medida se traducen en beneficios clínicos relevantes”, concluye.
En lo que los profesionales coinciden es que, a medida que avanza el conocimiento científico, también se amplía la forma de entender el valor de las vacunas: no solo como herramientas para prevenir infecciones concretas, sino como una parte esencial de la prevención y del cuidado de la salud a lo largo de toda la vida.
Con información de la Asociación Española de Vacunología

