El país real nace de madrugada en Tonosí, en Tolé, en Ñürüm, en Soná, en Aguadulce, en Metetí, en Changuinola. El país real cruza ríos, carreteras malas y turnos incompletos. El país real no espera a que el organigrama se acomode
Por: Dr. Jano Jaramillo

El autor es pediatra y neonatólogo
Hace unos veinticinco años entré a una Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales (UCIN) de altísimo nivel en Alabama. No era una unidad cualquiera. Era de esas salas donde la tecnología, la organización y el silencio disciplinado de los equipos humanos hacen sentir que la medicina puede acercarse mucho a lo imposible.
Me recibió un neonatólogo prominente. Desde la unidad universitaria me llevó hasta un centro neonatal privado. Quería mostrarme algo que, para mí, en aquel momento, parecía casi increíble: ocho neonatólogos cubrían la atención hospitalaria de alrededor de 260 recién nacidos graves distribuidos en siete UCIN de Birmingham.
Yo venía de otra realidad. En Panamá, nuestra UCIN del antiguo Complejo Hospitalario Metropolitano Dr. Arnulfo Arias Madrid tenía cerca de 30 camas entre intensivo, semi-intensivo e intermedios, y aun así requería una enorme cantidad de personal médico para sostener la operación diaria. ¿Cómo era posible que allá, con muchos más pacientes graves y muy pequeños lograran funcionar con menos médicos especialistas?
La respuesta no estaba escondida en una máquina. No estaba en un ventilador más caro ni en un edificio más bonito. Estaba en el recurso humano. En el nivel de formación de las enfermeras.
Allí conocí a Melany y de cerca su papel como Nurse Practitioners, enfermera practicante con formación avanzada, entrenadas para asumir funciones clínicas complejas (intubación, manejo de ventiladores…) dentro de equipos especializados. No sustituían al neonatólogo. Lo multiplicaban. No improvisaban. Estaban formadas. No actuaban solas. Trabajaban bajo un modelo claro, con protocolos, supervisión, competencias definidas y responsabilidad institucional.
Esa fue la verdadera lección.
Los países desarrollados entendieron hace décadas algo que nosotros seguimos discutiendo como si fuera una amenaza: cuando faltan especialistas, no basta con quejarse, ni con pedir milagros, ni con trasladar pacientes de un hospital a otro como si el territorio fuera una hoja de cálculo. Hay que formar recurso humano especializado de manera inteligente.
Francia, Inglaterra, Canadá, Estados Unidos y muchos otros países no resolvieron sus crisis sanitarias esperando que aparecieran médicos especialistas por generación espontánea. Diseñaron currículos, crearon escalas de formación avanzada, profesionalizaron a la enfermería, ampliaron competencias y organizaron equipos clínicos capaces de sostener unidades complejas en lugares donde la realidad no daba tregua.
Panamá necesita mirar esto con seriedad.
Hoy el déficit de especialistas ya no es una advertencia futura. Es una realidad visible. Se siente en las comarcas, en la periferia de la ciudad capital, en las provincias centrales, en Chiriquí, en Bocas del Toro, en Darién, en los hospitales donde un recién nacido grave depende de si hay o no hay especialista disponible ese día. Se siente en las madres que deben viajar lejos. Se siente en los médicos agotados. Se siente en las enfermeras que ya hacen más de lo que el sistema reconoce formalmente. Se siente, sobre todo, en los niños que nacen lejos del centro de poder.
La pregunta incómoda es esta: ¿vamos a seguir diseñando un sistema de salud como si todos vivieran a veinte minutos de un hospital de tercer nivel?
Porque el país real no vive así.
El país real nace de madrugada en Tonosí, en Tolé, en Ñürüm, en Soná, en Aguadulce, en Metetí, en Changuinola. El país real cruza ríos, carreteras malas y turnos incompletos. El país real no espera a que el organigrama se acomode.
Y cuando un prematuro nace lejos de una UCIN bien organizada, el reloj no pregunta por excusas administrativas.
Durante años hemos creído que la solución es abrir más camas, comprar más equipos o nombrar más médicos. Todo eso es necesario, pero no suficiente. Una incubadora sin equipo entrenado es apenas una caja caliente. Un ventilador sin personal competente es metal con pantalla. Una regionalización perinatal sin enfermería avanzada es un mapa bonito pegado en la pared.
Necesitamos dar el paso que otros países dieron hace décadas: crear formalmente en Panamá la figura de la enfermera practicante neonatal y pediátrica, con formación universitaria avanzada, competencias clínicas definidas, certificación nacional, supervisión médica, responsabilidad legal clara y ubicación estratégica en hospitales regionales.
No se trata de importar un modelo sin pensar. Se trata de adaptarlo con inteligencia a nuestra realidad.
Una enfermera practicante neonatal podría fortalecer la vigilancia clínica del recién nacido de riesgo, apoyar procedimientos protocolizados, participar en estabilización inicial, seguimiento respiratorio, nutrición, lactancia, control de infecciones, educación familiar, tamizajes y coordinación de traslados. En una UCIN regional, puede ser la diferencia entre una atención fragmentada y una atención continua.
Esto no disminuye al médico. Lo libera para ejercer mejor su función. No compite con el especialista. Lo complementa. No abarata la medicina. La hace más segura, más cercana y más sostenible.
La escasez de especialistas no se resuelve exprimiendo a los mismos médicos hasta quebrarlos. Tampoco se resuelve centralizando todo en la capital. Un sistema que solo funciona cuando el paciente logra llegar al centro es un sistema que ya llega tarde.
En salud pública, la justicia no consiste en tener un hospital brillante al final del camino. Consiste en que el camino no mate al paciente antes de llegar.
Lo aprendí hace veinticinco años en Alabama, pero lo entiendo mejor hoy desde el interior de Panamá. La modernidad sanitaria no siempre empieza con un edificio nuevo. A veces empieza con una decisión sencilla y valiente: formar mejor a quienes ya están sosteniendo el sistema con sus manos.
Nuestras enfermeras no necesitan solo aplausos. Necesitan oportunidades reales de formación, carrera, autoridad técnica y reconocimiento. Necesitan pasar de ser vistas como “apoyo” a ser reconocidas como parte estructural del pensamiento clínico.
Y nuestros recién nacidos necesitan un país menos resignado.
Si Panamá quiere hablar en serio de regionalización perinatal, de reducción de mortalidad neonatal, de equidad territorial y de atención digna fuera de la capital, debe abrir este debate sin miedo: formar enfermeras practicantes avanzadas en neonatología, pediatría, cuidados críticos, salud materna y atención primaria especializada.
No como parche. Como política de Estado.
Porque un país que no forma a su gente para cuidar la vida termina pagando más caro la muerte, el traslado, la discapacidad y la improvisación.
La pregunta no es si podemos hacerlo.
La pregunta es cuántos recién nacidos más tendrán que depender de la suerte antes de que nos atrevamos.
Por: Dr. Jano Jaramillo

