¿De qué sirve hablar de desarrollo cuando unas provincias envejecen sin reemplazo generacional y otras sostienen la natalidad del país desde la pobreza?
Por: Dr. Jano Jaramillo

El autor es médico pediatra y neonatólogo del Hospital Dr. Cecilio Castillero
Hay una verdad que me persigue en cada turno. La sala de partos de los hospitales donde trabajo se llenan cada vez, con menos gritos. Y cuando se llenan, muchas veces esos gritos vienen de lejos.
No hablo solo de números. Hablo de cunas vacías. De incubadoras que antes esperaban a los hijos de nuestras comunidades campesinas más cercanas y que hoy reciben, con creciente frecuencia, a recién nacidos de madres que bajan desde montañas distantes, empujadas por la necesidad, la pobreza y la ausencia de servicios de salud oportunos.
En 2018 nacieron en Panamá 76,863 niños. En 2022 fueron 63,920. Trece mil nacimientos menos en apenas cuatro años. En Herrera, Los Santos, Coclé y buena parte del centro del país, la natalidad cae con una discreción casi elegante, pero implacable.
La fecundidad ronda 1.8 hijos por mujer: por debajo del nivel de reemplazo (nacerán menos niños para reemplazar a la generación previa).
En la comarca Ngäbe-Buglé, en cambio, la cifra se mantiene alrededor de 3.1 hijos por mujer. Casi el doble. Su tasa bruta de natalidad alcanza 32.9 por 1 000, mientras en nuestra provincia ya roza los 14.
¿Qué nos dicen estos datos?
Nos dicen que el país que se mira en los espejos de las capitales provinciales está envejeciendo. Nos dicen que el país de las montañas, de los caminos difíciles, de las comunidades que todavía esperan agua segura, escuelas completas y puestos de salud funcionales, sigue creciendo. Nos dicen que las maternidades de las provincias centrales se están convirtiendo, cada vez más, en el punto de llegada de una migración materna silenciosa.
Mujeres Ngäbe bajan a parir lejos de su tierra no porque sea cómodo, no porque sea justo, no porque sea natural que una madre atraviese kilómetros de precariedad para dar a luz. Bajan porque allá arriba la salud muchas veces no es un derecho garantizado, sino una promesa escrita en papeles que no siempre llegan al camino de tierra y ríos.
Pero ese es solo el primer estrato del problema.
El segundo es más incómodo: nuestras provincias centrales están perdiendo nacimientos al mismo tiempo que reciben nacimientos cargados de deuda social. Niños que nacen aquí, pero que traen en su historia prenatal la marca de pueblos excluidos: anemia materna, controles tardíos, pobreza alimentaria, barreras culturales, idioma, distancia, desnutrición, embarazos adolescentes, falta de transporte y exposición ambiental no siempre medida.
Un recién nacido no llega solo con su peso, su talla y su edad gestacional. Llega con el asfalto o barro de su madre sobre la piel. Llega con el agua que ella bebió, con la comida que pudo o no pudo comer, con el camino que caminó, con el puesto de salud que encontró cerrado, con la ambulancia que no llegó, con el idioma en que no fue escuchada. Cada niño trae una biografía antes de respirar por primera vez.
Por eso, cuando hablamos de natalidad, no podemos hablar solo de demografía. Tenemos que hablar del contexto territorial.
¿De qué sirve celebrar hospitales más modernos si las mujeres siguen llegando tarde?
¿De qué sirve tener estadísticas nacionales aceptables si esconden territorios enteros donde nacer sigue siendo una carrera contra la distancia? ¿De qué sirve hablar de desarrollo cuando unas provincias envejecen sin reemplazo generacional y otras sostienen la natalidad del país desde la pobreza?
Panamá no tiene un solo problema de nacimientos. Tiene dos problemas que se miran de frente.
Por un lado, las provincias centrales reducen su fecundidad, envejecen y empiezan a necesitar una reorganización profunda de su red de servicios. Menos nacimientos no significa menos responsabilidad. Significa otra responsabilidad: sostener servicios perinatales seguros, regionalizados, eficientes, con equipos entrenados y capacidad real para responder a embarazos de alto riesgo.
Por otro lado, la población Ngäbe-Buglé mantiene una natalidad alta, pero con una carga desigual de vulnerabilidad. Allí el problema no es que nazcan muchos niños. El problema es que nazcan en condiciones que el Estado no ha querido corregir con suficiente fuerza. La fecundidad no puede convertirse en una condena. La maternidad indígena no puede seguir siendo tratada como un fenómeno migratorio que se atiende al final del camino, cuando ya la mujer llegó agotada a una sala de parto ajena.
La pregunta ética es sencilla, aunque duela: ¿vamos a seguir esperando a las madres en la puerta del hospital, o vamos a subir con el sistema de salud hasta donde empieza el riesgo?
La respuesta no puede ser solo hospitalaria. Debe ser territorial.
Necesitamos fortalecer la atención prenatal en las comunidades de origen, con pertinencia cultural, transporte sanitario funcional, casas maternas dignas, nutrición materna, vigilancia del embarazo adolescente, salud ambiental y rutas claras de referencia.
Necesitamos que las provincias centrales no solo reciban pacientes, sino que formen parte de una red perinatal organizada, donde cada hospital sepa qué puede resolver, cuándo debe referir y cómo debe recibir.
Regionalizar la atención perinatal no es mover pacientes como piezas de ajedrez. Es construir una red de confianza antes de que ocurra la emergencia. Es saber dónde debe nacer un prematuro extremo, dónde debe manejarse una preeclampsia severa, dónde debe estabilizarse un recién nacido crítico, y quién responde cuando la madrugada encuentra a una madre lejos de todo.
También debemos mirar el ambiente. Porque la salud materna y neonatal no empieza en el hospital. Empieza en el agua, en el suelo, en los alimentos, en la exposición a plaguicidas, en la vivienda, en la educación y en la dignidad de la vida cotidiana. Un país que permite que sus comunidades *beban agua insegura* y luego se sorprende por sus indicadores de salud está fingiendo inocencia.
Los niños que no nacen en nuestras provincias centrales hablan de un país que envejece. Los niños que llegan cargados desde pueblos excluidos hablan de un país que todavía no ha cumplido. Unos nos muestran el vacío. Los otros nos muestran la deuda.
Y ambos caben en la misma sala de partos.
Allí, frente a una madre cansada y un recién nacido que apenas empieza a respirar, la estadística deja de ser una tabla. Se vuelve una pregunta moral.
¿Qué país está naciendo con ese niño?
¿Uno que seguirá empujando a los más pobres hacia hospitales lejanos?
¿O uno capaz de organizarse, con ciencia y conciencia, para que nacer no dependa del código postal, del camino, del idioma o de la pobreza?
No podemos seguir administrando nacimientos como si fueran episodios aislados. Cada parto es una señal del país que estamos construyendo o dejando caer. Las provincias centrales necesitan una política seria de regionalización perinatal. La comarca Ngäbe-Buglé necesita una inversión territorial sostenida, no discursos de ocasión. Y Panamá necesita entender que la demografía también es una forma de advertencia.
Cuando una sala de partos se queda en silencio, algo está cambiando.
Cuando se llena con mujeres que vienen de lejos, algo está fallando.
Y cuando ambas cosas ocurren al mismo tiempo, el país está obligado a escuchar.
No basta con contar nacimientos. Hay que responder por ellos.
Por: Jano Jaramillo

