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El Hospital Dr. Cecilio Castillero, en Chitré, ha sido designado como Hospital Materno-Infantil Regional de Azuero. Eso, si se cumple como debe cumplirse, puede marcar un antes y un después

Por: Dr. Jano Jaramillo

El autor es médico pediatra y neonatólogo del Hospital Dr. Cecilio Castillero

Hay frases que en un hospital se dicen con demasiada calma, pero por dentro parten a una familia.

Una de ellas es: “Hay que mandarlo a Panamá”.

Quien nunca ha estado en una sala de parto, quizá no sienta todo lo que cabe dentro de esa frase. Pero quienes hemos visto a un recién nacido luchar por respirar sabemos que, en ese momento, Panamá no queda “a unas horas”.

Queda demasiado lejos. Queda al otro lado del miedo.

Una madre acaba de parir. Tal vez todavía tiembla. Tal vez no ha visto bien la cara de su hijo. Tal vez apenas alcanzó a oír un llanto débil. Entonces alguien explica que el bebé está grave, que necesita cuidados intensivos, que hay que trasladarlo. La familia pregunta cuánto demora. 

Nadie quiere decir lo que todos saben: en neonatología, cuatro horas pueden ser una vida entera.

Durante años, para muchas familias de Coclé, Veraguas, Herrera y Los Santos, esa fue la ruta obligada. Si el parto se complicaba, si el bebé nacía muy prematuro, si tenía dificultad respiratoria severa, si requería tratamientos especializados, la respuesta terminaba siendo la misma: salir hacia la capital.

Y así, un drama médico se convertía también en un drama humano. Porque no es lo mismo enfermarse cerca de la familia que enfermarse lejos. No es lo mismo recibir una mala noticia en el hospital de tu provincia que recibirla en una ciudad donde nadie conoce tu historia. No es lo mismo llorar acompañado que llorar en un pasillo extraño.

Por eso el proyecto del Hospital Materno Infantil Dr Cecilio Castillero de Azuero importa tanto.

No estamos hablando de una obra para inaugurar con cinta y fotografía. Estamos hablando de algo más sencillo y más profundo: que los niños de nuestras provincias tengan más oportunidades de nacer, sobrevivir y recuperarse cerca de su casa.

Las cifras son duras. En 21 años, entre 2001 y 2021, se documentaron 1,626 muertes de recién nacidos en las cuatro provincias centrales. Más de la mitad ocurrieron fuera de la región, luego de traslados hacia Panamá. Y una cuarta parte de las muertes sucedía en la primera hora de vida. Es decir: muchos bebés ni siquiera tenían tiempo para ser trasladados.  

Ese dato debería detenernos.

Porque cuando una muerte ocurre en la primera hora de vida, no basta con decir que faltó una ambulancia más rápida. La pregunta es otra: ¿por qué ese bebé no pudo recibir aquí, desde el primer minuto, la atención que necesitaba?

La respuesta no es cómoda. No ha sido solo falta de médicos. Tampoco solo falta de voluntad. Ha sido una mezcla de centralismo, desorden institucional, equipos incompletos, ausencia de red y una costumbre peligrosa: Aceptar “como normal” que el interior del país dependa de la capital para resolver lo más grave.

Pero un país no se construye bien cuando sus regiones viven pidiendo permiso para salvar vidas.

El Hospital Dr. Cecilio Castillero, en Chitré, ha sido designado como Hospital Materno-Infantil Regional de Azuero. Eso, si se cumple como debe cumplirse, puede marcar un antes y un después. Significa fortalecer su Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales. Significa atender bebés más prematuros. Significa contar con tratamientos como el óxido nítrico inhalado para recién nacidos con hipertensión pulmonar. Significa formar más especialistas y enfermeras de cuidados intensivos. Significa coordinar mejor con Veraguas, Coclé y Los Santos. Significa que la CSS y el Minsa dejen de funcionar como mundos separados cuando la vida de un niño no entiende de planillas ni aseguramientos.

Dicho de manera simple: que el sistema se organice alrededor del paciente, no alrededor del trámite.

Ese es el corazón del asunto.

A veces hablamos de salud pública como si fuera una arquitectura fría de presupuestos, organigramas y convenios. Pero la salud pública empieza en escenas muy concretas: una madre que no quiere separarse de su bebé; una enfermera que corre con una incubadora; un médico que mira un monitor y sabe que no hay tiempo; un padre que no sabe si subirse a la ambulancia o quedarse con la madre recién operada.

Ahí se mide el Estado. No en los discursos. Ahí.

También debemos decir algo con claridad: este proyecto no es solo para las familias que viven permanentemente en las ciudades cabeceras. Es también para las familias rurales, para las comunidades apartadas, para las madres Ngäbe-Buglé que llegan por trabajo estacional, para quienes hablan español y para quienes hablan Ngäbere, para quienes tienen seguro y para quienes no lo tienen.

Una sala de parto no debe preguntar primero por el estatus administrativo de una madre. Debe preguntarse qué necesita esa madre y qué necesita ese niño para vivir.

Eso parece obvio, pero en Panamá muchas veces lo obvio necesita ser defendido.

El Hospital Materno Infantil Dr Cecilio Castillero no debe convertirse en otro anuncio que se enfría con el cambio de gobierno. Debe tener presupuesto, plazas, equipos, convenio CSS-Minsa, seguimiento público y evaluación de resultados. Lo que se prometa debe cumplirse. Y lo que no se cumpla debe decirse. Sin adornos.

La clase política debe entender algo: en salud, postergar también es decidir. No comprar un equipo a tiempo es decidir. No abrir una plaza necesaria es decidir. No firmar un convenio es decidir. Y esas decisiones, aunque parezcan administrativas, a veces terminan respirando —o dejando de respirar— dentro de una incubadora.

Dostoyevski entendía que las grandes culpas humanas no siempre entran haciendo ruido. A veces se sientan en silencio, se justifican, se acostumbran. En nuestros hospitales también hay culpas silenciosas: la cama que no estuvo, el especialista que faltó, el traslado que llegó tarde, el proyecto que todos apoyaban en público pero nadie empujó en serio.

La pregunta es sencilla: ¿vamos a seguir llamando mala suerte a lo que en realidad es falta de organización?

Nadie puede prometer que todos los bebés se salvarán. Sería falso y cruel. La medicina tiene límites. Pero sí podemos exigir que ninguna familia pierda una oportunidad por vivir lejos de la capital. Sí podemos exigir que nacer en Chitré, Las Tablas, Santiago, Aguadulce, Penonomé o Soná no sea una desventaja frente a nacer en Panamá.

Este proyecto merece respaldo, pero también vigilancia. Las comunidades deben conocerlo. Los gremios deben acompañarlo. Los diputados de la región deben defenderlo. Las autoridades deben ejecutarlo. Y los ciudadanos deben preguntar, una y otra vez, hasta que las promesas se vuelvan camas, equipos, turnos, especialistas y vidas salvadas.

Porque al final, un hospital regional no es solo un edificio.

Es una respuesta moral.

Es decirle a una madre: su hijo no vale menos porque nació lejos de la capital.

Y es decirnos, como país, que el interior no puede seguir esperando ambulancias para resolver lo que debió haberse construido hace años.

Por: Dr. Jano Jaramillo